El suceso más sangriento de Bigastro

La noche del 26 de junio de 1885 un espantoso suceso perturbó la calma de un Bigastro habitado por algo más de mil quinientas almas.

Mientras las sombras pintaban la noche bigastrense y sus vecinos dormían, de una antigua callejuela surgió un llanto desgarrador que arrancó el sueño a sus apacibles vecinos. Era el llanto de una vecina, la cual acababa de presenciar la muerte de su marido enfermo.

Su muerte se sumó a la de un vecino que murió esa misma semana, ambos fallecidos a causa de una extraña enfermedad que en primer lugar les causaba molestias intestinales, continuado con fuertes diarreas que acababan por causar una total deshidratación, y finalmente la muerte.

Al día siguiente los vecinos sepultaron el cuerpo del fallecido en el antiguo cementerio de la Cruz, donde se rumoreó que otros cuatro vecinos habían comenzado a sufrir los mismos síntomas que los recién fallecidos. La semana siguiente los cuatro vecinos enfermos fallecieron, siendo también sepultados en el mismo lugar.

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Tumbas en el cementerio

Con seis muertes ocurridas en apenas dos semanas, el terror se apoderó de los bigastrenses, que vieron en la enfermedad y muerte a la que estaban siendo sometidos un feroz castigo de Dios.

Desorientados y atemorizados, algunos vecinos se reunieron en torno a la plaza de la Iglesia, donde discutieron qué hacer. Decidieron llevar a cabo una comisión que sirviera de apoyo espiritual y humanitario a las familias que habían sufridos pérdidas. Y de esta manera la recién fundada comisión, presidida por D. Juan Pérez, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén, recorrió el callejero bigastrense recogiendo limosnas y ofreciendo cánticos y misas a aquellas familias que habían sufrido los efectos del severo castigo divino.

El recorrido diario de la comisión por las calles del pueblo acababa en la Plaza Ramón y Cajal (puerta de Álvaro), donde realizaban una misa en la desaparecida ermita del Santo Sepulcro. En esa plaza quedaba reunido todo el pueblo, suplicando clemencia al cielo que sin piedad le enviaba una condena tan cruel.

Días después volvieron los rumores de vecinos enfermos. En esta ocasión eran ocho, los cuales fallecieron poco después. Bigastro sumaba catorce muertes en apenas un mes, y no serían las últimas, pues habían seis enfermos más.

Tras el último funeral de los catorce acontecidos, los atemorizados bigastrenses se agolparon a las puertas de la iglesia, pidiendo clemencia divina y algo más… querían a los patronos de Bigastro recorriendo las calles del pueblo, para que éstos pudieran limpiar de muerte, enfermedad y miedo el callejero bigastrense.

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Enfermos por epidemia

Entraron en la iglesia y bajaron de sus altares a la Virgen de Belén y a San Joaquín. Los sacaron a la plaza y desde allí recorrieron entre súplicas, cánticos amargos y lágrimas todas las calles de Bigastro. Pararon frente a las casas de las catorce víctimas mortales, y también frente a seis casas más, pues la condena divina continuaba su imparable labor, la de matar sin piedad.

Los patronos volvieron a la iglesia, y poco después fallecieron seis bigastrenses más. Veintidós muertes en apenas dos meses. Se trataba del cólera. Una enfermedad que se cebó especialmente con Bigastro por la miseria, hambre y falta de higiene existente en el pueblo.

El diez de septiembre del mismo año el Gobernador Civil de Alicante envió 250 pesetas para atender a las familias víctimas de las muertes acontecidas. Gracias a la ayuda se mejoró gradualmente la higiene del municipio, especialmente la de sus aguas, y la enfermedad dejó de atormentar a Bigastro, pueblo que sufrió en ese verano de 1885 uno de los sucesos más devastadores de su historia.

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Bigastro, ataques piratas y un convento perdido

Hace unas semanas tuve ocasión de visitar el Museo de Semana Santa de la vecina Orihuela. Un museo instalado en el interior del antiquísimo Convento de la Merced, del que dicen que acogió a San Vicente Ferrer a principios del siglo XV.

Paseando por su interior intenté imaginar cómo debió ser aquel convento con su claustro anexo –  ahora instalado en la Santa Iglesia Catedral del Salvador -, pues durante parte de su historia el convento perteneció al Cabildo de la Catedral de Orihuela, fundador del Lugar Nuevo de los Canónigos, el antiguo Bigastro.

Entonces recordé que en tiempos muy antiguos Bigastro pudo tener un extraordinario convento, pues debido a la autoridad de un señor muy poderoso estuvo destinado a tenerlo, pero ese convento nunca llegó a hacerse realidad. ¿Por qué motivo? Viajemos pues.

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Ataque pirata

Retrocedemos las manecillas del reloj hasta el 5 de marzo de 1639. Un día de una importancia capital para la historia de Bigastro, pues de lo ocurrido ese día dependió su fundación.

Ese día un caballero llamado Tomás Pedrós – poseedor de amplios territorios en toda la comarca de la Vega Baja – redactó su testamento. En él dejo por escrito que parte de su patrimonio debía pasar a manos de los padres cartujanos una vez aconteciera su muerte, pero con una condición, y es que los cartujos debían construir un gran convento en el lugar que él expresamente indicó. Y el lugar escogido fue el mismo corazón de Bigastro, su Plaza de la Iglesia (por entonces inexistente).

Si pasado un tiempo los padres cartujos no cumplían con su palabra de construir el convento en dicho lugar, todos los derechos de propiedad de los terrenos pasarían al Cabildo de la Catedral de Orihuela.

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Orden de los cartujos

Sucedió que cuando los cartujos – que por entonces vivían en un monasterio de San Ginés- recibieron la herencia de Tomás Pedrós, aprovecharon la ocasión para en 1654 trasladar su residencia al actual Bigastro, viviendo en una gran finca que había en lo que hoy es la Plaza de la Iglesia, donde debían construir el convento exigido por Tomás Pedrós.

Duraron poco, y es que las penurias que aquí sufrían ante la falta de alimentos y las malas condiciones higiénicas provocaron que tan solo dos años después – en 1656 – decidieran volver al monasterio de San Ginés, pero no para siempre.

Poco después – en 1662 – los frecuentes ataques piratas que sufrían por la cercanía al mar de su monasterio de San Ginés provocaron que los atemorizados cartujos se refugiaran nuevamente en el actual Bigastro, hasta que pasado el peligro pirata regresaron de nuevo al monasterio de San Ginés.

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Emblema de los cartujos

Veinte años después, debido a la falta de recursos y ante la imposibilidad de poder cumplir con su palabra, la orden de los padres cartujos abandonaron su monasterio de San Ginés y perdieron el legado heredado.

Puestas así las cosas el actual Bigastro se quedaría sin el convento soñado por Tomás Pedrós, pasando la propiedad de los terrenos bigastrenses al Cabildo de la Catedral de Orihuela, los cuales decidieron aceptar el reto y sacar partido a la antigua herencia de Tomás Pedros, pero no para construir un convento como él había soñado, sino para construir toda una nueva población. El antiguo Lugar Nuevo de los Canónigos, actual Bigastro.

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José Antonio Pérez: “Tenía unos cuatro años cuando mi padre me llevó a ver una función de cine…”

José Antonio Pérez Navarro se declara un “cinéfilo empedernido”, y por el brillo que asoma en sus ojos cuando habla del séptimo arte, puedo asegurar que lo es.

Descubrió la magia del cine siendo un niño, y desde entonces le ha dedicado parte de su vida, incluso como gerente de uno de los antiguos cines existentes en Bigastro. Sobre la amplia mesa de su despacho, colmada de maravillosos carteles antiguos y de entrañables recuerdos, José Antonio nos conduce en un viaje a través del tiempo, donde rememoramos aquellas inolvidables tardes de cine de pueblo.

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José Antonio junto a su maravillosa colección de material cinematrográfico

Pascual Segura.  Te declaras un cinéfilo empedernido. ¿Cuándo surge tu afición al cine?

José Antonio. Tenía unos cuatro años cuando mi padre me llevó a ver una función de cine a la sala existente en el pueblo, por aquel entonces era el “Cine de Alberto”. Debido a un corte de electricidad la proyección se suspendió -esto ocurría con mucha frecuencia en aquella época-, y tuvieron que aplazar la proyección para el día siguiente. La ansiedad que me produjo querer ver la función y no poder, me convirtió en un cinéfilo empedernido.

P.S. ¿Cuándo supiste cómo debía gestionarse un negocio de cine?

J.A. Tendría entre los diez y quince años. Estaba aprendiendo el oficio de mancebo en la farmacia de mi primo el farmacéutico, Antonio Gálvez.  Hubo una época en la que Antonio junto a mi otro primo Francisco Andreu, llevaron en arriendo el “Cine Pérez-Miravete”, y la programación se ejecutaba en la farmacia. La contabilizaba mi maestro D. José Nieto, que me daba acceso a la publicidad y a la programación de las pelis que se proyectaban con posterioridad. Como niño que era, me producía mucha emoción conocer de antemano las películas que se proyectarían días después en Bigastro.

PS. ¿Cuántos cines hubo en Bigastro?

J.A. Tres. Primero fue el Cine Alberto. Una vez desaparecido éste llegaron los cines Pérez-Miravete y Grau.

P.S. ¿Cómo eran aquellos cines?

J.A. Del “Cine de Alberto”  recuerdo  un grandioso salón llenos de filas de butacas, con grandes pasquines de publicidad de películas pegados a las paredes con una cartelera junto a una de las puertas de la entrada.

Del “Pérez-Miravete” recuerdo un gran patio de butacas pintadas de rojo de más de quinientas localidades. Había un pasillo central ancho y dos laterales más estrechos. En la mitad de la sala otro pasillo algo más ancho. Tenía un anfiteatro -conocido como gallinero- con butacas en la parte frontal, y detrás con cuatro o cinco grandes escalones de obra. Recuerdo que desde el último escalón los niños podíamos poner la mano para interferir en la proyección.

Las paredes tenían corcho y fibra de vidrio para conseguir un buen sonido. Frente a la pantalla había una gran cortina roja, y en el flequillo de la parte superior un letrero que ponía “Cine Pérez-Miravete”.

El vestíbulo tenía tres puertas que daban acceso al salón a través de los tres pasillos. Estaba repleto de pasquines de las próximas películas a proyectar. Había una cantina con una barra que daba al vestíbulo, donde se vendían cartuchos de pipas a real, sidras y limonadas. Junto a la cantina unos aseos independientes de los del anfiteatro, ya que se accedía por distinta puerta. Por último, había una pequeña habitación con su puerta que era la taquilla donde se dispensaban las entradas.

Del “Cine Grau “. Manuel Grau, su propietario, trasformó parte de su almacén de almendra – situado en la fachada de la calle General  Yagüe- en un cine de verano, ubicándolo en la parte interior y dejando de almacén la parte con acceso a la calle, donde con posterioridad se instalaría el cine de invierno.  Se inauguró con la proyección de la película “El halcón y la flecha” con un lleno impresionante.

Mi tío Tomás Navarro, con quien trabajé toda mi vida, se convirtió en el dueño de todas las salas, así como de la construcción del cine de invierno, y yo ejercí el puesto de gerente, derivando en mí todo lo relacionado con la contratación, programación, billetaje, transporte, contabilidad, actas de inspección, conformidad etc.

Existía una red de empleados para el buen funcionamiento del cine: taquillero, operador, acomodador, portero, personal de limpieza, etc.

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Antiguas etiquetas empleadas para el transporte de los rollos de películas

P.S. ¿Cómo traían y llevaban las películas a otros cines?

J.A. Al tener contratado de jueves a domingo, los distribuidores enviaban las películas por transporte -normalmente a través del autobús de línea-, para que obrase en nuestro poder el jueves. Lunes por la mañana la devolvíamos a través del mismo medio de transporte.

En los últimos años el transporte se organizó a través de “Transportes Films”, una empresa especializada en películas. Los empresarios las recogíamos y devolvíamos en un lugar determinado. Primero en el garaje del “Hotel Palas” y después en el garaje Duque, de la vecina Orihuela.

P.S. ¿Con qué criterio se compraban las películas que más tarde se proyectaban?

J.A. Para la contratación de las películas, las casas distribuidoras tenían su red de agentes que se desplazaban a todas las localidades del país, para presentar sus listas de contratación compuestas por varias películas. Podían oscilar entre una y veinticinco, en función de la fecha de presentación de la siguiente lista.

Por ejemplo en Bigastro, cuando el agente visitaba la plaza para contratar la lista juntos, negociábamos los precios de cada una de las películas que componían la lista y se firmaba dando conformidad por el alquiler, que normalmente era de jueves a domingo.

P.S. ¿Dónde y cómo se anunciaban las películas que iban a proyectar?

Recuerdo que las funciones que se proyectaban en la sala del “Pérez Miravete”, en programas dobles, se publicitaban a través de una cartelera rodeada de luces que se encendían un par de horas antes del comienzo, y donde se indicaban las películas a proyectar y la hora de comienzo. Estaba instalado en la casa de Paco el del Molino, ángulo de la Calle Purísima con el pasaje Dr. Fleming. Aquel que no había visto ninguna publicidad, viendo la cartelera con la luz encendida sabía que a continuación había función de cine.

Una vez que se contrataba una película era anunciada en un gran afiche que se colgaba en la pared del vestíbulo del cine. La semana de la proyección se colocaban diez o doce afiches de cartón en las carteleras, tanto en la puerta del cine como en el centro del pueblo,  tanto en la esquina del pestillo como junto al “Bar Pachicha”.

Los domingos en el vestíbulo de la iglesia se mostraban los afiches  –pequeños programas-  de las películas. Éstos venían con la calificación establecida por la censura de la época recomendada por edades del siguiente modo: un 1 para todos los públicos, el 2 para mayores de catorce años, el 3 para los mayores de dieciocho, el 3R para las películas “con reparo”, y el 4 para aquellas que solo podían ver unos pocos…

También los domingos a la salida de misa se distribuían unos afiches de mano de una de las películas a proyectar, que previamente se habían llevado a la imprenta, y por detrás se ponía la hora de las películas con un pequeño comentario. Algunas veces se publicitada en la radio.

P.S. ¿En qué momento desaparecen los negocios de cine y por qué motivo?

J.A. Fue a consecuencia de la popularidad alcanzada por la televisión, y posteriormente por ser la época en la que empezaron a florecer los llamados “videoclub”, los cuales permitían el alquiler de películas que podías ver cómodamente en el salón de tu casa, sin la necesidad de desplazarte a una sala de cine, que además era más caro. También influyó el negocio de la construcción, pues los empresarios se encontraron con enormes solares para poder edificar situados en los centros de los pueblos.

P.S. ¿Qué anécdotas recuerdas?

J.A. Recuerdo una anécdota de aquellas fechas en la que un domingo que estaban anunciadas dos películas, no sé por qué motivo no vino una de ellas y con premura mi primo Toni se tuvo que desplazar con su Volkswagen escarabajo a una casa distribuidora de las que había en Murcia. Trajo una película sustituta y no veas mi alegría cuando ví que era “Atila Rey de los Hunos”, ¡una película de acción!, que eran de las que nos gustaban a los jóvenes.

En cierta ocasión el “Cine Cano” de Jacarilla y el “Pérez-Miravete” de Bigastro compartieron películas para que saliera más económica su adquisición.  Cuando acababa una película en Bigastro tenía que llevarla rápidamente en coche a Jacarilla.

Recuerdo que un día íbamos muy pillados de tiempo y a la altura del puente de Jacarilla, al coger la curva más rápido de lo normal, el coche me dio un trompo y quedé cruzado en la carretera con el morro fuera del puente.

Intenté arrancarlo lo más rápido posible, pero como tenía una velocidad metida lo que hice fue darle otro empujón hacia el vacío. Tuve que calmarme y cuando estuve seguro de poder hacer las cosas correctamente, lo arranqué y metí la marcha atrás. Entonces pude salir de allí y llevé el rollo de la película a Jacarilla, donde me esperaban desde hacía rato.

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Migas

Ingredientes

Sin título

  • Medio kilo de pan del día anterior.
  • 4 chorizos.
  • 200 gramos de tocino.
  • 2 pimientos verdes.
  • 8 dientes de ajo.
  • 120 mililitros de aceite de oliva virgen extra.
  • Unos 100 mililitros de agua.
  • Sal.

 

 

Preparación para cuatro personas

  • Ponemos en la sartén o cazuela el aceite y freímos el chorizo y el tocino que cortamos en trozos.
  • Sacamos y reservamos.
  • Freímos los pimientos, lavados y cortados, sacamos y reservamos.
  • Incorporamos los ajos, sin pelar en el aceite y cuando comiencen a dorarse añadimos el pan, que hemos desmigado, lo mojamos un poco con el agua en la que diluimos un poco de sal, y comenzamos a cocinarlas.
  • Tendremos que ir removiendo constantemente para que el pan se suelte y comience a dorarse, ese es el momento en que ya están listas, tardarán unos 20 o 30 minutos.
  • Añadimos todo lo que teníamos reservado y mezclamos un par de minutos.

¡Buen provecho!

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La Vela Nocturna. Una antigua formación mística bigastrense

Días atrás conversaba con un amigo sobre la venida de las fiestas patronales en los pueblos que integran nuestra comarca. También sobre la actividad de sus asociaciones culturales y colectivos festeros. Y es que cada pueblo tiene su patrón, su patrona, su banda de música, sus tradiciones y sus formaciones. Unas conservadas, otras desdichadamente olvidadas.

En la que será la última reseña, escribiré sobre “La Vela Nocturna”, una antigua y desaparecida formación mística bigastrense. Y que mejor manera de llegar hasta ella, que viajando en el tiempo hasta el mismo día de su fundación. Para ello, retrocedemos las manecillas de nuestro reloj hasta la madrugada del doce de septiembre de 1909.

La vela, símbolo de Fe

La vela, símbolo de Fe

Nos encontramos en la Plaza de la Iglesia. Una plaza amplia, rodeada de desiguales, sencillas y bonitas casas de pueblo. Justo cuando la campana de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén anuncia las doce de la noche, levantamos la vista al cielo donde surgen dos grandes bolas de fuego desde dos de las principales entradas a Bigastro. La primera bola brota desde la entrada a Bigastro desde Orihuela, estallando en el cielo con una fuerza que zarandea los corazones de todos sus vecinos. La segunda bola se eleva desde el camino de Jacarilla, y aunque ya no espanta, asombra explotando e iluminando el cielo del pequeño y tranquilo lugar de Bigastro.

El olor a pólvora quemada anuncia la llegada de cuatro comisiones procedentes de Elche, Almoradí, Orihuela y Crevillente. Una vez anunciada su presencia, penetran en el interior de sus callejuelas, alumbradas para la ocasión con decenas de lámparas de aceite en sus cruces, y centenares de velas que dispuestas sobre las ventanas y portales de las casas, iluminan el camino que los comisionados deben seguir hasta llegar al mismísimo corazón de Bigastro, su Plaza de la Iglesia. Lugar donde las comisiones serán recibidas por las autoridades civiles conducidas por el alcalde Agustín Fuentes Vaíllo, por las autoridades eclesiásticas y por nuestra Unión Musical de Bigastro. Son los prolegómenos de una importante fundación mística: la adoración nocturna.

Una vez reunidas todas las comisiones, ingresan en el interior de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén para saludar a la patrona de Bigastro. Para ello entonaron todos juntos la Salve Regina. Después celebran misa y entonan letras e himnos hasta las cuatro de la madrugada, momento en el que da comienzo una procesión que recorre todas y cada una de las calles del pueblo.

Casas engalanadas con vistosas colgaduras, calles tapizadas de verde follaje y enramado, aromas de olivo y romero, vivas, marchas y pasodobles tocados por la Unión Musical de Bigastro. Un escenario festivo acorde a una celebración mayor en la que se respiraba un aire especial de solemnidad.

Una hora después, y con la llegada de la primera luz del alba, el grupo festivo llega a la Plaza de la Iglesia y allí se dispersa. Había sido fundada la adoración nocturna bigastrense.

La adoración nocturna -renombrada en Bigastro posteriormente como “La Vela Nocturna”- era una agrupación de fieles que, en grupos o de forma individual, se turnaban en las horas de la noche para velar la imagen de Jesucristo muerto. Durante toda la madrugada eran varios los vecinos que, a la luz de las velas, cuidaban y acompañaban a la imagen del Cristo yacente, la cual permanecía en el interior de una urna de cristal. En Bigastro se hacía el Jueves Santo, aunque no era algo único, puesto que este tipo de sociedades religiosas eran muy populares en nuestra comarca a principios del siglo pasado.

Cristo yacente en urna de cristal

Cristo yacente en urna de cristal

Cinco años antes se inauguraban las obras de la antigua, minúscula –apenas cabían diez personas- pero querida por su pueblo, Ermita del Santo Sepulcro.  Una ermita establecida frente a la que hoy conocemos como “la puerta de Álvaro”. Construida en 1752 gracias a los donativos de los vecinos de Bigastro, fue inaugurada y bendecida un año después por el párroco Jacinto Vigo.

Las obras que tuvieron lugar en 1904 maquillaron el daño causado a la querida ermita por el intransigente paso del tiempo, embelleciendo el reducido espacio que ocupaban un hermoso Cristo yacente, protegido en el interior de una urna de cristal con puntas plateadas, y un precioso lienzo de ocho palmos de latitud y cinco de longitud, situado en la cara frontal de la ermita, cuya belleza podía admirarse gracias a las numerosas velas diseminadas cuidadosamente por la pequeña estancia.

En este espacio de voluntad, constancia y fe, construido en el siglo XVIII, reposaba la imagen del Cristo yacente que daría nombre a todo un barrio –Barrio del Santo Sepulcro- el cual sería cuidado y velado durante décadas por una antigua formación mística bigastrense -La Vela Nocturna- hasta el fin de los días de la ermita y la imagen de Cristo. Pero esa es otra historia que ocurrió en otro tiempo. Quizás para otro momento.

Cartel del 50 aniversario de la Adoración Nocturna

Cartel del 50 aniversario de la Adoración Nocturna

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