Reseñas

Bigastro. Fuego, pólvora y mucha historia.

Días atrás, un amigo curtido por la vida y sus sacudidas me contaba escenas de juventud como él solo las cuenta, a corazón y recuerdo abierto. En una de ellas, entre la sonrisa y el lamento, y refiriéndose a los festejos, dijo algo que retuve: “chiguito, Bigastro es muy polvoristero”. Y lo dijo riendo, con la mirada y sonrisa propia de un zagal que disimula la última trastada antes de volver a jugar.

Bigastro suena a trueno y huele a pólvora quemada, prácticamente desde su fundación, hace más de 300 años. Primero de forma esporádica, un festejo por aquí, un disparo por allá… siempre en función de la dirección en que soplaba el viento, o de la imagen que salía a la plaza alzada sobre unas andas. Festejos como los dedicados a los patronos, o guerras como las carlistas.

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Una tradición festera que se fue desarrollando a medida que la joven fundación bigastrense fue adquiriendo vecinos, costumbres y libertad. Y así, entre descarga, morterete y tiro, Bigastro fue cruzando su primer siglo de vida señorial hasta el siglo XIX, cuando ocurrió algo distinto a todo lo demás. Por primera vez un grupo de bigastrenses fueron  contratados como polvoristas para quemar pólvora más allá de Bigastro, exactamente en la vecina Orihuela.

Corría la primavera de 1837 cuando en Orihuela se respiraba aire festivo. Meses atrás había tenido lugar el sitio de Bilbao: un conflicto bélico que enfrentó el ejército carlista (a favor de una alternativa a los borbones) con las tropas isabelinas (partidarios de Isabel II). Vencieron los últimos, y el cabildo eclesiástico oriolano celebró el resultado de la contienda homenajeando a las víctimas con una serie de misas celebradas en la catedral, iluminada y adornada con grandes cirios y trofeos militares. Entonces precisaron de pólvora y manos hábiles que la hicieran detonar.

Y allí, hace casi doscientos años, a las calles y plazas circundantes de la catedral de Orihuela acudieron un grupo de bigastrenses con su carga y destreza a participar en el evento festivo, detonando tres descargas explosivas que resonaron en toda Orihuela, cumpliendo con una tradición de fuego y pólvora que lejos de apagarse, ha resistido el paso de los siglos gracias a la labor de los polvoristas y al entusiasmo y recuerdo de sus vecinos. Y es que Bigastro es muy polvoristero.

 

Fotografía: Fonta Bigastro.

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Calle Sepulcro: la calle que hizo las maletas

A menudo, el paso del tiempo y los acontecimientos que tienen lugar en los pueblos, hacen que las fundaciones poblacionales se desplacen desde su lugar de origen a otros, modificándose el nombre de calles y/o barrios, los cuales muchas veces pierden su contexto histórico o directamente, desaparecen.

No es el caso de la calle Sepulcro, una de las calles más antiguas de Bigastro, que si bien ha tenido la fortuna de conservar su nombre original desde su fundación, es una calle de lo más curiosa, pues podemos decir que hoy se encuentra en un lugar que no le pertenece. Y es que la calle Sepulcro tiene su origen en otra calle de Bigastro.

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Vista de la actual calle Sepulcro

Como de costumbre, viajamos en el tiempo para conocer su historia, y para ello giramos las manecillas de nuestro reloj hasta la mañana del año 1752. Por entonces, Bigastro progresaba en la medida que las cuentas del cabildo oriolano lo permitía, con una población dedicada a las labores agrícolas, entre la que se encontraba un joven de 15 años que por entonces ya sopesaba dejar su pueblo para coronar la cima de la ciencia: el joven Thomas Villanova.

Esa mañana de 1752, Bigastro amaneció con aire festivo, y es que sus vecinos, tras años de trabajo y acopio de donativos, habían conseguido construir una pequeña ermita en la actual plaza Ramón y Cajal (frente a la puerta de Álvaro). Una ermita que fue bendecida e inaugurada el 25 de marzo del año siguiente por Jacinto Vigo, párroco del lugar.

La ermita era tan pequeña que en su interior apenas cabían diez personas, contando con una campana en su parte más alta y en su interior un precioso lienzo de ocho palmos de ancho y cinco de largo, cuya belleza podía admirarse gracias a las numerosas velas diseminadas cuidadosamente por la pequeña estancia.

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Rótulo de la calle Sepulcro

Además, en la ermita reposaba la imagen de un Cristo yacente en el interior de un sepulcro de cristal con vértices plateados. Dicho sepulcro provocó que desde entonces el barrio donde se encontraba la ermita fuera apodado por los bigastrenses como el barrio del Santo Sepulcro.

Este barrio se extendía desde la mencionada plaza, a través de la actual calle Francisco Pallas hasta el parque de la Cruz, espacio donde se construyó el primer cementerio del pueblo en el año 1809. Todo era conocido como barrio del Santo Sepulcro.

Mientras tanto, la que hoy es calle Santo Sepulcro no era más que un destartalado barranco que comenzaba en el cabezo de los pinos y acababa en la plaza Ramón y Cajal. Un barranco donde ya vivían algunos vecinos, aunque no en casas, sino en cuevas.

Puestas así las cosas, si el barrio del Santo Sepulcro original es el actual barrio de la Cruz, y la actual calle Sepulcro no era más que un barranco, ¿cuándo tuvo lugar el cambio de nombres que llegaría hasta nuestros días?

Ocurrió el 2 de junio de 1935. Ese día los alumnos de la antigua escuela de niños que se encontraba en la actual calle Francisco Pallas, solicitaron al ayuntamiento que la calle donde estaba su colegio y que se conocía como calle del Santo Sepulcro, se dedicara a su maestro Francisco Pallas Ferrando. Y de este modo, la original calle Sepulcro pasó a llamarse calle Francisco Pallas, y el antiguo barrio del Sepulcro perdió su nombre, siendo conocido por los vecinos como barrio de la Cruz, debido a la cruz de su antiguo cementerio y a otra que durante un tiempo asomaba desde lo alto de uno de sus cabezos.

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Vista de la calle Francisco Pallas. La antigua calle Sepulcro

Un año después del nombramiento de la calle Sepulcro como calle Francisco Pallas, llegó la Guerra Civil, que tras devastar un país divido, concluyó con la victoria del bando nacional. Entonces llegó el Régimen con algunos cambios para Bigastro, uno de ellos, el nombre de algunas calles.

Con la llegada del Régimen, la vieja calle Sepulcro, que debía su nombre al barrio donde se encontraba, que a su vez había tomado el nombre de la ermita que con mucho esfuerzo construyeron aquellos bigastrenses originarios, volvió a renacer, pero en un lugar distinto al original, y es que en la memoria colectiva bigastrense el sepulcro ocupaba un lugar predilecto consolidado a base de siglos e historia.

Se decidió rescatar la antigua calle Sepulcro, dándole este nombre a aquel barranco que con el paso de los años y con diferentes actuaciones constructivas ya era una calle más de Bigastro, con nombre de político: calle Nicolás Salmerón.

Lo que en su origen fue un barranco donde sus vecinos vivían en cuevas, fue convirtiéndose en una calle que la República nombró como calle Nicolás Salmerón, hasta que el Régimen la renombró como calle Sepulcro, nombre que actualmente mantiene. Una calle que con el paso de los siglos hizo las maletas para siempre, conservando su nombre original pero no su sitio.

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El secreto de la calle Sol, de Bigastro

La elección del nombre de las calles de Bigastro rara vez fue fruto del azar, pues su reducido término municipal y la escasez de calles en sus primeros años como nueva fundación, exigieron que el nombre de sus calles fueran escogidos con esmero y dedicación. De esta manera, pese al paso de los siglos, la calle Sol conserva un curioso pasado, una especie de herencia genética que la delata: su nombre.

La calle Sol, una de las más antiguas del pueblo, tuvo su origen hace más de 250 años, pero no en el lugar que actualmente la encontramos, pues por entonces Bigastro no era tan extenso y no llegaba a su ubicación actual.

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La calle Sol en la actualidad

La calle Sol original se encontraba muy cerca de la Plaza de la Constitución, en la actual calle 1 de mayo (la cual se extiende desde la calle Lugar Nuevo hasta el Parque Huerto del Cura), siendo fundada originalmente con motivo de la ampliación del pueblo desde su núcleo principal (la Plaza) a través de sus calles vecinas.

Su nombre -como cabe esperar- se debe a un homenaje que los vecinos de Bigastro dedicaron al astro rey de nuestro sistema solar. Y es que en pleno siglo XVIII, la ubicación de esta calle tenía una importante carga simbólica, pues se trataba de un lugar privilegiado por el siguiente motivo.

Nos situamos en el centro de la Plaza de la Constitución del siguiente modo. Frente a nosotros las oficinas del Grupo Lysmon, a nuestra espalda la Cafetería Vaivén, a la derecha la iglesia y el ayuntamiento, y a la izquierda la calle Mayor.

Si nos situamos en esa posición, nos encontraremos mirando al norte, dejando a nuestra espalda el sur, el este a nuestra derecha, y a nuestra izquierda el oeste, donde se fundó la calle Sol (la calle Goya no se fundaría hasta mucho después).

Como suele decirse, el sol nace por el este y se oculta por el oeste. Y ahí, justo en la primera calle que surge en el Bigastro de los canónigos del siglo XVIII en la parte oeste de la plaza, se funda una nueva calle, y se nombra en homenaje al Sol.

La calle sería fundada como calle Sol, pues los bigastrenses veían los atardeceres en esa dirección. Unos atardeceres que como todos sabemos, a menudo presentan en el cielo unos espectaculares matices de color rojo y naranja. Un espectáculo natural que como en la actualidad, también debía sorprender a los vecinos de entonces.

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Rótulo de la calle Sol

El sol, un elemento enraizado en la historia económica, social y cultural de Bigastro, debido a su vinculación agrícola, tenía su merecida calle. Un astro que, además, un siglo después coronaría el primer escudo conocido de la Unión Musical de Bigastro, como se ha descubierto recientemente.

Más de un siglo después, la calle Sol original perdería su nombre para siempre, pues en mayo de 1927, el consistorio bigastrense acordó de buena voluntad por unanimidad –quizás desconociendo el pasado histórico de la calle- sustituir el nombre de la calle Sol por el de Alfonso XIII, en homenaje a la conmemoración del 25 aniversario de la coronación del monarca.

La antigua y original calle Sol había perdido su nombre, pasando a llamarse calle Alfonso XIII en 1927, calle Escudero durante la República, calle José María Maciá durante el franquismo, y 1 de mayo en la actualidad.

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Calle Sol original. Actualmente nombrada calle 1 de mayo

El nombre de la calle Sol original se desvanecería en el tiempo y la historia, siendo recuperado años después, aunque no en su lugar original. La elección del nombre de las calles muestra a los vecinos y visitantes los valores, las referencias históricas, culturales, políticas y sociales de un pueblo, y esto debió tenerse muy en cuenta cuando el siglo pasado se recuperó el histórico nombre de calle Sol.

En los años 60, el aumento de la vecindad y la proliferación de nuevas calles en Bigastro, exigieron al consistorio dar nombre a varias calles que habiendo surgido en las últimas décadas, carecían de nombre. Entonces nombraron la actual calle Sol, recuperando el nombre, aunque no la ubicación original.

La actual calle Sol se había creado poco a poco en la parte alta del pueblo, siguiendo la orientación de este a oeste.

Casualidad, o no, siguiendo la trayectoria del sol.

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El suceso más sangriento de Bigastro

La noche del 26 de junio de 1885 un espantoso suceso perturbó la calma de un Bigastro habitado por algo más de mil quinientas almas.

Mientras las sombras pintaban la noche bigastrense y sus vecinos dormían, de una antigua callejuela surgió un llanto desgarrador que arrancó el sueño a sus apacibles vecinos. Era el llanto de una vecina, la cual acababa de presenciar la muerte de su marido enfermo.

Su muerte se sumó a la de un vecino que murió esa misma semana, ambos fallecidos a causa de una extraña enfermedad que en primer lugar les causaba molestias intestinales, continuado con fuertes diarreas que acababan por causar una total deshidratación, y finalmente la muerte.

Al día siguiente los vecinos sepultaron el cuerpo del fallecido en el antiguo cementerio de la Cruz, donde se rumoreó que otros cuatro vecinos habían comenzado a sufrir los mismos síntomas que los recién fallecidos. La semana siguiente los cuatro vecinos enfermos fallecieron, siendo también sepultados en el mismo lugar.

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Tumbas en el cementerio

Con seis muertes ocurridas en apenas dos semanas, el terror se apoderó de los bigastrenses, que vieron en la enfermedad y muerte a la que estaban siendo sometidos un feroz castigo de Dios.

Desorientados y atemorizados, algunos vecinos se reunieron en torno a la plaza de la Iglesia, donde discutieron qué hacer. Decidieron llevar a cabo una comisión que sirviera de apoyo espiritual y humanitario a las familias que habían sufridos pérdidas. Y de esta manera la recién fundada comisión, presidida por D. Juan Pérez, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén, recorrió el callejero bigastrense recogiendo limosnas y ofreciendo cánticos y misas a aquellas familias que habían sufrido los efectos del severo castigo divino.

El recorrido diario de la comisión por las calles del pueblo acababa en la Plaza Ramón y Cajal (puerta de Álvaro), donde realizaban una misa en la desaparecida ermita del Santo Sepulcro. En esa plaza quedaba reunido todo el pueblo, suplicando clemencia al cielo que sin piedad le enviaba una condena tan cruel.

Días después volvieron los rumores de vecinos enfermos. En esta ocasión eran ocho, los cuales fallecieron poco después. Bigastro sumaba catorce muertes en apenas un mes, y no serían las últimas, pues habían seis enfermos más.

Tras el último funeral de los catorce acontecidos, los atemorizados bigastrenses se agolparon a las puertas de la iglesia, pidiendo clemencia divina y algo más… querían a los patronos de Bigastro recorriendo las calles del pueblo, para que éstos pudieran limpiar de muerte, enfermedad y miedo el callejero bigastrense.

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Enfermos por epidemia

Entraron en la iglesia y bajaron de sus altares a la Virgen de Belén y a San Joaquín. Los sacaron a la plaza y desde allí recorrieron entre súplicas, cánticos amargos y lágrimas todas las calles de Bigastro. Pararon frente a las casas de las catorce víctimas mortales, y también frente a seis casas más, pues la condena divina continuaba su imparable labor, la de matar sin piedad.

Los patronos volvieron a la iglesia, y poco después fallecieron seis bigastrenses más. Veintidós muertes en apenas dos meses. Se trataba del cólera. Una enfermedad que se cebó especialmente con Bigastro por la miseria, hambre y falta de higiene existente en el pueblo.

El diez de septiembre del mismo año el Gobernador Civil de Alicante envió 250 pesetas para atender a las familias víctimas de las muertes acontecidas. Gracias a la ayuda se mejoró gradualmente la higiene del municipio, especialmente la de sus aguas, y la enfermedad dejó de atormentar a Bigastro, pueblo que sufrió en ese verano de 1885 uno de los sucesos más devastadores de su historia.

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Bigastro, ataques piratas y un convento perdido

Hace unas semanas tuve ocasión de visitar el Museo de Semana Santa de la vecina Orihuela. Un museo instalado en el interior del antiquísimo Convento de la Merced, del que dicen que acogió a San Vicente Ferrer a principios del siglo XV.

Paseando por su interior intenté imaginar cómo debió ser aquel convento con su claustro anexo –  ahora instalado en la Santa Iglesia Catedral del Salvador -, pues durante parte de su historia el convento perteneció al Cabildo de la Catedral de Orihuela, fundador del Lugar Nuevo de los Canónigos, el antiguo Bigastro.

Entonces recordé que en tiempos muy antiguos Bigastro pudo tener un extraordinario convento, pues debido a la autoridad de un señor muy poderoso estuvo destinado a tenerlo, pero ese convento nunca llegó a hacerse realidad. ¿Por qué motivo? Viajemos pues.

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Ataque pirata

Retrocedemos las manecillas del reloj hasta el 5 de marzo de 1639. Un día de una importancia capital para la historia de Bigastro, pues de lo ocurrido ese día dependió su fundación.

Ese día un caballero llamado Tomás Pedrós – poseedor de amplios territorios en toda la comarca de la Vega Baja – redactó su testamento. En él dejo por escrito que parte de su patrimonio debía pasar a manos de los padres cartujanos una vez aconteciera su muerte, pero con una condición, y es que los cartujos debían construir un gran convento en el lugar que él expresamente indicó. Y el lugar escogido fue el mismo corazón de Bigastro, su Plaza de la Iglesia (por entonces inexistente).

Si pasado un tiempo los padres cartujos no cumplían con su palabra de construir el convento en dicho lugar, todos los derechos de propiedad de los terrenos pasarían al Cabildo de la Catedral de Orihuela.

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Orden de los cartujos

Sucedió que cuando los cartujos – que por entonces vivían en un monasterio de San Ginés- recibieron la herencia de Tomás Pedrós, aprovecharon la ocasión para en 1654 trasladar su residencia al actual Bigastro, viviendo en una gran finca que había en lo que hoy es la Plaza de la Iglesia, donde debían construir el convento exigido por Tomás Pedrós.

Duraron poco, y es que las penurias que aquí sufrían ante la falta de alimentos y las malas condiciones higiénicas provocaron que tan solo dos años después – en 1656 – decidieran volver al monasterio de San Ginés, pero no para siempre.

Poco después – en 1662 – los frecuentes ataques piratas que sufrían por la cercanía al mar de su monasterio de San Ginés provocaron que los atemorizados cartujos se refugiaran nuevamente en el actual Bigastro, hasta que pasado el peligro pirata regresaron de nuevo al monasterio de San Ginés.

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Emblema de los cartujos

Veinte años después, debido a la falta de recursos y ante la imposibilidad de poder cumplir con su palabra, la orden de los padres cartujos abandonaron su monasterio de San Ginés y perdieron el legado heredado.

Puestas así las cosas el actual Bigastro se quedaría sin el convento soñado por Tomás Pedrós, pasando la propiedad de los terrenos bigastrenses al Cabildo de la Catedral de Orihuela, los cuales decidieron aceptar el reto y sacar partido a la antigua herencia de Tomás Pedros, pero no para construir un convento como él había soñado, sino para construir toda una nueva población. El antiguo Lugar Nuevo de los Canónigos, actual Bigastro.

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