Reseñas

El secreto de la calle Sol, de Bigastro

La elección del nombre de las calles de Bigastro rara vez fue fruto del azar, pues su reducido término municipal y la escasez de calles en sus primeros años como nueva fundación, exigieron que el nombre de sus calles fueran escogidos con esmero y dedicación. De esta manera, pese al paso de los siglos, la calle Sol conserva un curioso pasado, una especie de herencia genética que la delata: su nombre.

La calle Sol, una de las más antiguas del pueblo, tuvo su origen hace más de 250 años, pero no en el lugar que actualmente la encontramos, pues por entonces Bigastro no era tan extenso y no llegaba a su ubicación actual.

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La calle Sol en la actualidad

La calle Sol original se encontraba muy cerca de la Plaza de la Constitución, en la actual calle 1 de mayo (la cual se extiende desde la calle Lugar Nuevo hasta el Parque Huerto del Cura), siendo fundada originalmente con motivo de la ampliación del pueblo desde su núcleo principal (la Plaza) a través de sus calles vecinas.

Su nombre -como cabe esperar- se debe a un homenaje que los vecinos de Bigastro dedicaron al astro rey de nuestro sistema solar. Y es que en pleno siglo XVIII, la ubicación de esta calle tenía una importante carga simbólica, pues se trataba de un lugar privilegiado por el siguiente motivo.

Nos situamos en el centro de la Plaza de la Constitución del siguiente modo. Frente a nosotros las oficinas del Grupo Lysmon, a nuestra espalda la Cafetería Vaivén, a la derecha la iglesia y el ayuntamiento, y a la izquierda la calle Mayor.

Si nos situamos en esa posición, nos encontraremos mirando al norte, dejando a nuestra espalda el sur, el este a nuestra derecha, y a nuestra izquierda el oeste, donde se fundó la calle Sol (la calle Goya no se fundaría hasta mucho después).

Como suele decirse, el sol nace por el este y se oculta por el oeste. Y ahí, justo en la primera calle que surge en el Bigastro de los canónigos del siglo XVIII en la parte oeste de la plaza, se funda una nueva calle, y se nombra en homenaje al Sol.

La calle sería fundada como calle Sol, pues los bigastrenses veían los atardeceres en esa dirección. Unos atardeceres que como todos sabemos, a menudo presentan en el cielo unos espectaculares matices de color rojo y naranja. Un espectáculo natural que como en la actualidad, también debía sorprender a los vecinos de entonces.

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Rótulo de la calle Sol

El sol, un elemento enraizado en la historia económica, social y cultural de Bigastro, debido a su vinculación agrícola, tenía su merecida calle. Un astro que, además, un siglo después coronaría el primer escudo conocido de la Unión Musical de Bigastro, como se ha descubierto recientemente.

Más de un siglo después, la calle Sol original perdería su nombre para siempre, pues en mayo de 1927, el consistorio bigastrense acordó de buena voluntad por unanimidad –quizás desconociendo el pasado histórico de la calle- sustituir el nombre de la calle Sol por el de Alfonso XIII, en homenaje a la conmemoración del 25 aniversario de la coronación del monarca.

La antigua y original calle Sol había perdido su nombre, pasando a llamarse calle Alfonso XIII en 1927, calle Escudero durante la República, calle José María Maciá durante el franquismo, y 1 de mayo en la actualidad.

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Calle Sol original. Actualmente nombrada calle 1 de mayo

El nombre de la calle Sol original se desvanecería en el tiempo y la historia, siendo recuperado años después, aunque no en su lugar original. La elección del nombre de las calles muestra a los vecinos y visitantes los valores, las referencias históricas, culturales, políticas y sociales de un pueblo, y esto debió tenerse muy en cuenta cuando el siglo pasado se recuperó el histórico nombre de calle Sol.

En los años 60, el aumento de la vecindad y la proliferación de nuevas calles en Bigastro, exigieron al consistorio dar nombre a varias calles que habiendo surgido en las últimas décadas, carecían de nombre. Entonces nombraron la actual calle Sol, recuperando el nombre, aunque no la ubicación original.

La actual calle Sol se había creado poco a poco en la parte alta del pueblo, siguiendo la orientación de este a oeste.

Casualidad, o no, siguiendo la trayectoria del sol.

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El suceso más sangriento de Bigastro

La noche del 26 de junio de 1885 un espantoso suceso perturbó la calma de un Bigastro habitado por algo más de mil quinientas almas.

Mientras las sombras pintaban la noche bigastrense y sus vecinos dormían, de una antigua callejuela surgió un llanto desgarrador que arrancó el sueño a sus apacibles vecinos. Era el llanto de una vecina, la cual acababa de presenciar la muerte de su marido enfermo.

Su muerte se sumó a la de un vecino que murió esa misma semana, ambos fallecidos a causa de una extraña enfermedad que en primer lugar les causaba molestias intestinales, continuado con fuertes diarreas que acababan por causar una total deshidratación, y finalmente la muerte.

Al día siguiente los vecinos sepultaron el cuerpo del fallecido en el antiguo cementerio de la Cruz, donde se rumoreó que otros cuatro vecinos habían comenzado a sufrir los mismos síntomas que los recién fallecidos. La semana siguiente los cuatro vecinos enfermos fallecieron, siendo también sepultados en el mismo lugar.

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Tumbas en el cementerio

Con seis muertes ocurridas en apenas dos semanas, el terror se apoderó de los bigastrenses, que vieron en la enfermedad y muerte a la que estaban siendo sometidos un feroz castigo de Dios.

Desorientados y atemorizados, algunos vecinos se reunieron en torno a la plaza de la Iglesia, donde discutieron qué hacer. Decidieron llevar a cabo una comisión que sirviera de apoyo espiritual y humanitario a las familias que habían sufridos pérdidas. Y de esta manera la recién fundada comisión, presidida por D. Juan Pérez, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén, recorrió el callejero bigastrense recogiendo limosnas y ofreciendo cánticos y misas a aquellas familias que habían sufrido los efectos del severo castigo divino.

El recorrido diario de la comisión por las calles del pueblo acababa en la Plaza Ramón y Cajal (puerta de Álvaro), donde realizaban una misa en la desaparecida ermita del Santo Sepulcro. En esa plaza quedaba reunido todo el pueblo, suplicando clemencia al cielo que sin piedad le enviaba una condena tan cruel.

Días después volvieron los rumores de vecinos enfermos. En esta ocasión eran ocho, los cuales fallecieron poco después. Bigastro sumaba catorce muertes en apenas un mes, y no serían las últimas, pues habían seis enfermos más.

Tras el último funeral de los catorce acontecidos, los atemorizados bigastrenses se agolparon a las puertas de la iglesia, pidiendo clemencia divina y algo más… querían a los patronos de Bigastro recorriendo las calles del pueblo, para que éstos pudieran limpiar de muerte, enfermedad y miedo el callejero bigastrense.

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Enfermos por epidemia

Entraron en la iglesia y bajaron de sus altares a la Virgen de Belén y a San Joaquín. Los sacaron a la plaza y desde allí recorrieron entre súplicas, cánticos amargos y lágrimas todas las calles de Bigastro. Pararon frente a las casas de las catorce víctimas mortales, y también frente a seis casas más, pues la condena divina continuaba su imparable labor, la de matar sin piedad.

Los patronos volvieron a la iglesia, y poco después fallecieron seis bigastrenses más. Veintidós muertes en apenas dos meses. Se trataba del cólera. Una enfermedad que se cebó especialmente con Bigastro por la miseria, hambre y falta de higiene existente en el pueblo.

El diez de septiembre del mismo año el Gobernador Civil de Alicante envió 250 pesetas para atender a las familias víctimas de las muertes acontecidas. Gracias a la ayuda se mejoró gradualmente la higiene del municipio, especialmente la de sus aguas, y la enfermedad dejó de atormentar a Bigastro, pueblo que sufrió en ese verano de 1885 uno de los sucesos más devastadores de su historia.

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Bigastro, ataques piratas y un convento perdido

Hace unas semanas tuve ocasión de visitar el Museo de Semana Santa de la vecina Orihuela. Un museo instalado en el interior del antiquísimo Convento de la Merced, del que dicen que acogió a San Vicente Ferrer a principios del siglo XV.

Paseando por su interior intenté imaginar cómo debió ser aquel convento con su claustro anexo –  ahora instalado en la Santa Iglesia Catedral del Salvador -, pues durante parte de su historia el convento perteneció al Cabildo de la Catedral de Orihuela, fundador del Lugar Nuevo de los Canónigos, el antiguo Bigastro.

Entonces recordé que en tiempos muy antiguos Bigastro pudo tener un extraordinario convento, pues debido a la autoridad de un señor muy poderoso estuvo destinado a tenerlo, pero ese convento nunca llegó a hacerse realidad. ¿Por qué motivo? Viajemos pues.

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Ataque pirata

Retrocedemos las manecillas del reloj hasta el 5 de marzo de 1639. Un día de una importancia capital para la historia de Bigastro, pues de lo ocurrido ese día dependió su fundación.

Ese día un caballero llamado Tomás Pedrós – poseedor de amplios territorios en toda la comarca de la Vega Baja – redactó su testamento. En él dejo por escrito que parte de su patrimonio debía pasar a manos de los padres cartujanos una vez aconteciera su muerte, pero con una condición, y es que los cartujos debían construir un gran convento en el lugar que él expresamente indicó. Y el lugar escogido fue el mismo corazón de Bigastro, su Plaza de la Iglesia (por entonces inexistente).

Si pasado un tiempo los padres cartujos no cumplían con su palabra de construir el convento en dicho lugar, todos los derechos de propiedad de los terrenos pasarían al Cabildo de la Catedral de Orihuela.

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Orden de los cartujos

Sucedió que cuando los cartujos – que por entonces vivían en un monasterio de San Ginés- recibieron la herencia de Tomás Pedrós, aprovecharon la ocasión para en 1654 trasladar su residencia al actual Bigastro, viviendo en una gran finca que había en lo que hoy es la Plaza de la Iglesia, donde debían construir el convento exigido por Tomás Pedrós.

Duraron poco, y es que las penurias que aquí sufrían ante la falta de alimentos y las malas condiciones higiénicas provocaron que tan solo dos años después – en 1656 – decidieran volver al monasterio de San Ginés, pero no para siempre.

Poco después – en 1662 – los frecuentes ataques piratas que sufrían por la cercanía al mar de su monasterio de San Ginés provocaron que los atemorizados cartujos se refugiaran nuevamente en el actual Bigastro, hasta que pasado el peligro pirata regresaron de nuevo al monasterio de San Ginés.

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Emblema de los cartujos

Veinte años después, debido a la falta de recursos y ante la imposibilidad de poder cumplir con su palabra, la orden de los padres cartujos abandonaron su monasterio de San Ginés y perdieron el legado heredado.

Puestas así las cosas el actual Bigastro se quedaría sin el convento soñado por Tomás Pedrós, pasando la propiedad de los terrenos bigastrenses al Cabildo de la Catedral de Orihuela, los cuales decidieron aceptar el reto y sacar partido a la antigua herencia de Tomás Pedros, pero no para construir un convento como él había soñado, sino para construir toda una nueva población. El antiguo Lugar Nuevo de los Canónigos, actual Bigastro.

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La Vela Nocturna. Una antigua formación mística bigastrense

Días atrás conversaba con un amigo sobre la venida de las fiestas patronales en los pueblos que integran nuestra comarca. También sobre la actividad de sus asociaciones culturales y colectivos festeros. Y es que cada pueblo tiene su patrón, su patrona, su banda de música, sus tradiciones y sus formaciones. Unas conservadas, otras desdichadamente olvidadas.

En la que será la última reseña, escribiré sobre “La Vela Nocturna”, una antigua y desaparecida formación mística bigastrense. Y que mejor manera de llegar hasta ella, que viajando en el tiempo hasta el mismo día de su fundación. Para ello, retrocedemos las manecillas de nuestro reloj hasta la madrugada del doce de septiembre de 1909.

La vela, símbolo de Fe

La vela, símbolo de Fe

Nos encontramos en la Plaza de la Iglesia. Una plaza amplia, rodeada de desiguales, sencillas y bonitas casas de pueblo. Justo cuando la campana de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén anuncia las doce de la noche, levantamos la vista al cielo donde surgen dos grandes bolas de fuego desde dos de las principales entradas a Bigastro. La primera bola brota desde la entrada a Bigastro desde Orihuela, estallando en el cielo con una fuerza que zarandea los corazones de todos sus vecinos. La segunda bola se eleva desde el camino de Jacarilla, y aunque ya no espanta, asombra explotando e iluminando el cielo del pequeño y tranquilo lugar de Bigastro.

El olor a pólvora quemada anuncia la llegada de cuatro comisiones procedentes de Elche, Almoradí, Orihuela y Crevillente. Una vez anunciada su presencia, penetran en el interior de sus callejuelas, alumbradas para la ocasión con decenas de lámparas de aceite en sus cruces, y centenares de velas que dispuestas sobre las ventanas y portales de las casas, iluminan el camino que los comisionados deben seguir hasta llegar al mismísimo corazón de Bigastro, su Plaza de la Iglesia. Lugar donde las comisiones serán recibidas por las autoridades civiles conducidas por el alcalde Agustín Fuentes Vaíllo, por las autoridades eclesiásticas y por nuestra Unión Musical de Bigastro. Son los prolegómenos de una importante fundación mística: la adoración nocturna.

Una vez reunidas todas las comisiones, ingresan en el interior de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén para saludar a la patrona de Bigastro. Para ello entonaron todos juntos la Salve Regina. Después celebran misa y entonan letras e himnos hasta las cuatro de la madrugada, momento en el que da comienzo una procesión que recorre todas y cada una de las calles del pueblo.

Casas engalanadas con vistosas colgaduras, calles tapizadas de verde follaje y enramado, aromas de olivo y romero, vivas, marchas y pasodobles tocados por la Unión Musical de Bigastro. Un escenario festivo acorde a una celebración mayor en la que se respiraba un aire especial de solemnidad.

Una hora después, y con la llegada de la primera luz del alba, el grupo festivo llega a la Plaza de la Iglesia y allí se dispersa. Había sido fundada la adoración nocturna bigastrense.

La adoración nocturna -renombrada en Bigastro posteriormente como “La Vela Nocturna”- era una agrupación de fieles que, en grupos o de forma individual, se turnaban en las horas de la noche para velar la imagen de Jesucristo muerto. Durante toda la madrugada eran varios los vecinos que, a la luz de las velas, cuidaban y acompañaban a la imagen del Cristo yacente, la cual permanecía en el interior de una urna de cristal. En Bigastro se hacía el Jueves Santo, aunque no era algo único, puesto que este tipo de sociedades religiosas eran muy populares en nuestra comarca a principios del siglo pasado.

Cristo yacente en urna de cristal

Cristo yacente en urna de cristal

Cinco años antes se inauguraban las obras de la antigua, minúscula –apenas cabían diez personas- pero querida por su pueblo, Ermita del Santo Sepulcro.  Una ermita establecida frente a la que hoy conocemos como “la puerta de Álvaro”. Construida en 1752 gracias a los donativos de los vecinos de Bigastro, fue inaugurada y bendecida un año después por el párroco Jacinto Vigo.

Las obras que tuvieron lugar en 1904 maquillaron el daño causado a la querida ermita por el intransigente paso del tiempo, embelleciendo el reducido espacio que ocupaban un hermoso Cristo yacente, protegido en el interior de una urna de cristal con puntas plateadas, y un precioso lienzo de ocho palmos de latitud y cinco de longitud, situado en la cara frontal de la ermita, cuya belleza podía admirarse gracias a las numerosas velas diseminadas cuidadosamente por la pequeña estancia.

En este espacio de voluntad, constancia y fe, construido en el siglo XVIII, reposaba la imagen del Cristo yacente que daría nombre a todo un barrio –Barrio del Santo Sepulcro- el cual sería cuidado y velado durante décadas por una antigua formación mística bigastrense -La Vela Nocturna- hasta el fin de los días de la ermita y la imagen de Cristo. Pero esa es otra historia que ocurrió en otro tiempo. Quizás para otro momento.

Cartel del 50 aniversario de la Adoración Nocturna

Cartel del 50 aniversario de la Adoración Nocturna

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Bigastro, antiguo vicus del Imperio Romano

Hace años tuve la ocasión de participar en la organización de unas jornadas sobre ciudades romanas, que tuvieron lugar en el MARQ.  En ellas dieron a conocer la actualidad de la investigación histórico-arqueológica romana, estableciendo los asentamientos romanos más importantes ubicados en territorio valenciano, incluidos los vicus. En ese instante, debido a su vínculo con Bigastro, comencé a interesarme por este tipo de formaciones urbanas.

Legión romana sobre una extensa llanura

Legión romana sobre una extensa llanura

En la Antigua Roma, un vicus era un grupo de viviendas que pertenecía a un pueblo o a una gran ciudad. Lo que hoy todos conocemos por un barrio. Pero, si Bigastro tiene su origen en el siglo XVIII, con la decisión del Cabildo de la Catedral de Orihuela de fundar en estas tierras su Lugar Nuevo.  ¿Cómo es posible que Bigastro perteneciera en tiempos antiguos al monumental y portentoso Imperio Romano?

La respuesta más natural es la más sensata. Efectivamente, el Bigastro que hoy conocemos jamás perteneció al Imperio Romano, pero sí los habitantes que ocupaban estas tierras antes que nosotros. Y es que la historia de Bigastro no comienza cuando irrumpe como Lugar Nuevo, sino cuando estas tierras son habitadas. Dicho esto, comenzamos nuestro viaje en el tiempo hasta el mismísimo Imperio Romano.

Giramos las sombras de nuestro reloj de sol dos mil años atrás, hasta el periodo en el que se funda la colonia de ilici Augusta (Elche). Una colonia poblada en su mayor parte por veteranos de guerra a los que el Imperio, en agradecimiento a sus servicios prestados, regaló lotes de tierra en el actual campo de Elche.

Estos veteranos contaban  con su propio puerto -situado en Santa Pola-,incluso con sus “carreteras” -la popular Vía Augusta-, gracias a la construcción del ramal que unió el antiguo Camino de Aníbal desde Caudete -en Albacete- hasta Cartago Nova (Cartagena), pasando por Ilici (Elche) y por nuestra Vega Baja.

A lo largo de estas “carreteras romanas” se fueron  instalando albergues dedicados al alojamiento y descanso de viajeros y guerreros, y también pequeños poblados o barriadas construidas en torno a las grandes ciudades romanas.

Por aquel entonces Orihuela estaba compuesta por una serie de aldeas, villas y fincas estacionadas a lo largo del cauce del río Segura –el Thader-, las cuales estaban dedicadas a la explotación agrícola y ganadera. Y ahí, en esa miscelánea de elementos privilegiados donde se cruzaban los caminos de paso del Imperio con los cauces naturales del agua, surgió el vicus de Bigastro.

Tierra fértil, agua en abundancia, la cercanía de las grandes vías de comunicación, espacios elevados. En definitiva, un conglomerado de condiciones óptimas para la construcción de una pequeña población, la cual ofreciera descanso a los guerreros romanos, a la vez que produjera alimentos con los que colmar la gigantesca despensa romana. Pero, ¿cómo era el vicus de Bigastro?, ¿dónde se encontraba? Y finalmente,  ¿cómo se desvaneció en el tiempo?

Figura en pie, con los hombros marcados y con incisiones en el cuerpo. Localizada en Bigastro

Figura en pie, con los hombros marcados y con incisiones en el cuerpo. Localizada en Bigastro

El vicus romano bigastrense no debemos suponerlo como un conjunto de casas agrupadas en torno a una gran plaza,  pues esa aldea inicial que todos hemos imaginado alguna vez aparecería muchos siglos después, ya con el Cabildo de la Catedral de Orihuela.

En base a los estudios realizados sobre el terreno, y tras diversas intervenciones arqueológicas,  podemos suponer a este vicus como una serie de casas o fincas repartidas por las cercanías y los espacios que hoy ocupa Bigastro. Fincas propiedad de veteranos de guerra y señores instalados en un territorio fértil, y cuyas labores domésticas y trabajos eran realizados por familias de colonos y esclavos.

Actualmente podemos documentar la finca de Los Palacios (en la entrada a Bigastro desde Orihuela), y también cuatro fincas más en el entorno natural de La Pedrera. Además, existe constancia documental de vestigios romanos en el mismísimo corazón de Bigastro, reconocido por todos como la plaza de la iglesia.

Todas las fincas bigastrenses -las manifestadas a día de hoy y las ocultas a la investigación- componían una pequeña barriada cuyos habitantes se alimentaban de su huerta y del ganado, beneficiándose del agua de su formidable río Thader. Recursos naturales de un entorno privilegiado que les permitieron comercializar con poblados mayores, intercambiando provisiones por utensilios procedentes de todos los lugares del Imperio, pues así lo ratifican las piezas arqueológicas que han sido rescatadas de las entrañas del terreno bigastrense:

Ánfora Oberaden, empleada para el transporte de vino o aceite

Ánfora Oberaden, empleada para el transporte de vino o aceite

Ánforas comunes y republicanas, monedas, morteros, cuencos, platos, copas, terras sigillatas itálicas procedentes de Italia Central, también de Pisa, de África, ánforas Dressel, empleadas para transportar el mítico garum -salsa de pescado elaborada con vísceras y sangre- y la Oberaden, empleada para el transporte de vino. Lámparas de aceite con una cronología que se extiende desde el mandato de Augusto hasta los inicios de la época Flavia, y así decenas y decenas de piezas arqueológicas que bosquejan con minúsculos trazos una cultura romana tan sumamente rica, que a partir del siglo XVIII confundiría a decenas de investigadores y arqueólogos, los cuales llegaron a atribuir a Bigastro teorías sobre ciudades romanas de mayor rango.

Mapa del s. XIX con la localización correcta de Begastrum

Mapa del s. XIX con la localización correcta de Begastrum

Durante más de cuatro siglos, los hogares del vicus bigastrense, construidos con grandes rocas procedentes de sus lomas y cabezos, y acicalados con grandes arcos de sillería, documentados por diversos viajeros, cumplieron con su principal objetivo: abastecer a la despensa romana gracias a su producción agropecuaria, y servir de lugar de descanso a señores y guerreros. Pero a partir del siglo IV d.C., sus días como vicus del gran Imperio estaban contados.

Ocurrió que comenzó la decadencia del Imperio Romano, y sus ciudades comenzaron a debilitarse, afectando al mantenimiento de las infraestructuras viarias romanas (aquellas carreteras del principio).  Como resultado, el ramal directo de la Vía Augusta entre Elche y Cartagena fue desvaneciéndose, desarrollándose por otra parte una variante interior a través de la ciudad de Orihuela, quedando el resto de barriadas marginadas.

Sin tráfico de viajeros ni guerreros, y sin comerciantes que alentaran la vida de sus habitantes, el vicus bigastrense quedó apartado y condenado a muerte. Paulatinamente, sus vecinos fueron dispersándose por otros vicus, villas y ciudades con mayor población, comercio y vistas de futuro.

Y así quedaron abandonados sus antiguos hogares, testigos de un antiguo vicus, heridos por el desarrollo de los nuevos tiempos, abatidos por el implacable paso del tiempo, en un lugar de paso de una cultura extraordinaria que dejó su huella en el Bigastro más antiguo.

FD: Historia de la Roma Antigua [Lucien Jerphagnon] Época romana. Museo Arqueológico Provincial de Alicante [Manuel H. Olcina]. Historia de la Provincia de Alicante. Bastitania y Contestania del Reino de Murcia [Juan Lozano.] Historia de Orihuela [Francisco Cánovas]. Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano [Edward Gibbon]

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