Archivo del Autor: Pascual Segura

Acerca de Pascual Segura

¡Hola! Mi nombre es Pascual Segura y soy Diplomado en Biblioteconomía y Licenciado en Documentación por la Universidad de Murcia, y Experto en Gestión de Información Documental por la Universidad Jaume I de Castellón. De mi pasión hacia la puesta en valor del patrimonio documental tienen gran parte de culpa mi formación (Universitad Complutense de Madrid, Universidad de Alicante, Universidad de Salamanca, Universidad Internacional del Mar, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Universidad Nacional de Colombia, ANABAD, etc.), y mis aficiones a la lectura, la fotografía, la música, la investigación y las tecnologías de la información. Gracias a ello, he podido llevar a cabo mis propósitos profesionales en el Archivo Histórico de Las Torres de Cotillas (Murcia), el Museo Arqueológico Provincial de Alicante (MARQ), en el Archivo de la Diputación Provincial de Alicante, en las Cortes Generales del Senado, así como diversos archivos y bibliotecas municipales.

Joaquín Sánchez “El uso de la bicicleta se ha transformado, pero nunca se perderá…”

La fisionomía de los pueblos es la consecuencia de su entorno y de su historia, pero sobre todo de su gente. Bigastro, con su morfología propia de los pueblos camineros, extiende sus calles y callejuelas a partir de su calle Mayor. Una calle con historia donde sus vecinos conservan antiguos y entrañables relatos de niñez. Conocido cariñosamente por todos como el Chito Lele,  Joaquín Sánchez es parte arraigada de la historia de su calle por su contribución a la misma. Y es que la bicicleta que descansa en la acera, al cuidado y cariño de su mañoso dueño, ya es parte inherente de la propia calle. Una bicicleta que se funde con el paisaje, y cuyos recuerdos se descubren acompasadamente de forma amigable y entrañable, al igual que las seguras y experimentadas pedaladas de su simpático dueño.

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El Chito Lele muestra una herramienta heredada de su padre

En el pueblo, es conocido por todos como el chito lele. ¿Cuál es el origen de su apodo?

Lo de lele tiene su origen cuando mi padre intentó salir con mi madre. Él era de la huerta, y por ese motivo algunos decían que era un lelo. Se quedó con el lele, apodo que siempre llevó con mucho orgullo. Además, cuando nací en la calle Mayor habían 28 mujeres, y yo era el único chiguito. ¡Todas eran chicas! Todas me conocían como el chiguito del lele, y de chiguito vino chito. Así pues me quedé con el Chito Lele.

¿Qué motivo inspiró su oficio? ¿desde cuándo repara bicicletas?

Mis primeros recuerdos reparando bicicletas los conservo desde los 4 o 5 años, cuando ya montaba radios de ruedas junto a mi padre. Él fue quien guió mis pasos. Era conductor de camiones de macizos: unos camiones con ruedas duras muy antiguos. Fundó un pequeño taller de reparación de coches, motos, etc… y yo me crié en ese ambiente.

¿Cómo era aquel antiguo taller?

No muy grande.  Mi padre montó el primer taller en la calle de arriba de las escuelas Unamuno, en un porche donde también reparaba coches. Años después bajamos a la carretera (calle Mayor), y lo montó frente al taller que tengo ahora.

 ¿Cómo era la calle entonces?

Muy distinta a la de ahora. Recuerdo que había tanto tráfico de coches, camiones y carros que en muchas ocasiones apenas podía cruzar la calle. Siendo niño recuerdo que junto a mis amigos me enganchaba en la parte trasera de los carros y nos paseábamos un rato, hasta que el dueño se daba cuenta y nos tiraba con el látigo. Eran todo risas, carreras y de vez en cuando nos caía un latigazo.

Además de sus recuerdos, ¿conserva algún objeto de aquel antiguo taller de su padre?

Sí, dos cosas. Una llave inglesa que tiene más de 80 años, que pesa muchísimo y guardo con cariño, además de un artilugio que sirve para centrar las ruedas. Era muy mañoso y lo construyó él desde cero soldando hierros, tornillos y tuercas. Construía cosas con ideas muy adelantadas a su tiempo.  Recuerdo siendo niño como mi padre le dijo a otro vecino que llegaría el día en que cada casa del pueblo habría un teléfono. Decía que un solo cable serviría para dar servicio de teléfono a Bigastro entero. El vecino le tildó de loco.

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Bicicleta doble con freno articulado construida por Joaquín Sánchez

Sin duda heredó su inquietud por la mecánica. ¿También ha construido cosas?

Sí. Hace poco más de diez años fabriqué una bicicleta doble con freno articulado en la que pueden subir tres personas. Fue un capricho que un día se me ocurrió y tres meses después ya paseaba montado en ella camino de Redován junto a mi hija Ana. Funciona perfectamente.

¿Actualmente tiene algún proyecto de mecánica en marcha?

Claro, a mis 73 años siempre tengo cosas en marcha. Esta bicicleta pequeña tiene más de 40 años y la han disfrutado mis hijas y nietas. Ahora la estoy poniendo a punto para que suba en ella mi nieto Mario, que tiene dos años y medio y pronto podrá montar.

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Bicicleta de niño lista para ser restaurada para su nieto Mario

La bicicleta es un medio de transporte muy antiguo. ¿Qué futuro le depara a este medio de transporte?

Pienso que nunca se perderá, aunque sí se ha transformado su uso. Antiguamente la bicicleta era una herramienta de trabajo más. Recuerdo las tardes en que veías las calles de Bigastro repletas de gente en bicicleta, que regresaban de cortar naranjas. Algunos recorrían distancias muy largas, y eso después de una larga y dura jornada de trabajo. Ahora tiene un uso más dedicado al ocio, al paseo o al deporte. Se ha transformado y continuará transformándose, pero nunca se perderá.

Veo que comparte su afición a las bicicletas con el ajedrez, y que su amigo Manolo le acompaña. ¿Quién gana?

Nos vamos turnando para ganar, porque si siempre gana el mismo, el otro se aburre. Este ajedrez lo he ido pintando yo mismo a ratos. He ido enseñado a mi nieta Carmen a jugar y ya me hace trampicas. Mi segunda nieta es una pilla, y si quisiera ya me engañaría.

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Joaquín Sánchez y su amigo Manolo juegan al ajedrez

En su taller veo bicicletas que parecen muy antiguas y pesadas. ¿Cómo llegaron hasta aquí?

La mayoría fueron abandonadas. Sus dueños directamente se deshicieron de ellas junto a un contenedor por ser viejas, y algunas las rescaté dándoles una nueva oportunidad. Otras me las regalaron porque los vecinos saben que me gustan. Ahora son parte de mi vida. Les pongo aceite para que funcionen bien, y de vez en cuando les retoco alguna cosica.

¿Cuál es la mayor ventaja de viajar en bicicleta?

Que ves el paisaje, sin duda. Las personas ya no nos paramos a ver las cosas. Lo queremos todo rápido y en nuestros coches también viajamos rápido. La bicicleta te permite ver los detalles de las cosas además de ser un medio de transporte muy cómodo. Puedes hacer largos trayectos con ella, y si te cansas te bajas y caminas un rato.

¿Algún viaje especial con su bicicleta?

Hice el Camino de Santiago en 1999 saliendo desde Roncesvalles. Pinché dos veces y fue duro, pero muy bonito.

¿Y alguno en proyecto?

Sí, siempre tengo cosas en proyecto. Me gustaría volver a hacer el Camino de Santiago, pero esta vez desde la puerta de mi casa. Sin prisas, tarde lo que tarde. Tengo la bicicleta preparada, pues le acoplé un portaequipajes para que el viaje fuera más cómodo. Tengo las herramientas y la cadena engrasada, pero me falta lo más importante.

¿Qué es lo más importante?

No me gusta viajar solo. Me falta un compañero, ¿te vienes?.

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Sémola

Ingredientes

  • 2 cebollas.1321509600_132150_1321509600_noticia_normal
  • 50 gr. de bacalao.
  • 1/4 kg. de harina de trigo.
  • Pimentón.
  • Aceite de oliva.
  • Sal.

 

 

Preparación

  • Cocer el bacalao, quitarle la piel, la raspa y desmenuzar.
  • Sofrerír las cebollas y las patatas troceadas. Añadir al sofrito el bacalao desmenuzado y el pimentón.
  • Añadir agua y cocinar 10 minutos.
  • A continuación mezclar 1/2 l. de agua junto a la harina en un recipiente y amasar.
  • Añadir la masa a la sartén del sofrito y remover lentamente durante 10 minutos.
  • Añadir agua al gusto para dar más o menos espesor al plato.

¡Buen provecho!

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Bigastro y su participación en la construcción del puerto de Torrevieja

Ante la llegada del verano y la estimable compañía de un constante sol de justicia, son muchos los bigastrenses que por unos meses, cambian el hermoso pero tórrido paisaje de la huerta por el espumoso vaivén de las olas que se deslizan sobre el mar.

Sin duda, uno de los lugares predilectos es la ciudad Torrevieja, donde en nuestras idas, paseo marítimo arriba, y venidas, puerto para abajo, resulta casi imposible no encontrarse con algún amigo, familiar o conocido del pueblo. Un puerto con más de medio siglo de historia, cuya construcción se debe, en parte, al apoyo de Bigastro.

Así pues cogemos bañador, chanclas y toalla, sin olvidar quitamos el reloj, no sin antes retroceder sus manecillas hasta el 3 de septiembre de 1914.

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Antigua vista del puerto de Torrevieja

Bigastro, entonces  regido por el alcalde Enrique Rubio López, recibió una solicitud de ayuda por parte de las autoridades torrevejenses. La ciudad salinera necesitaba un puerto que le permitirá comercializar su producción de sal más allá de nuestras fronteras, petición que realizó al monarca español Alfonso XIII en reiteradas ocasiones con ningún éxito. Puestas así las cosas, y entendiendo que la unión hace la fuerza, Torrevieja solicitó apoyo a Bigastro, no sin antes ofrecer algo a cambio.

Si apoyaban la construcción del puerto, y ésta finalmente se aprobaba, Bigastro saldría muy bien parado. Por un lado, para la construcción del puerto se emplearía entre otras, mano de obra bigastrense, por lo que estimularía la fatigada economía local. Por otro, Bigastro, con una riqueza patrimonial dependiente casi en su totalidad de los frutos de su maravillosa huerta, con la construcción del puerto tendría una ventana al mundo que le permitiría comercializar sus frutas y verduras más allá de nuestras fronteras.

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Antiguo carguero de sal en el puerto de Torrevieja

Lo cierto es que eran todos ventajas, y Bigastro dijo sí. Apoyó la iniciativa portuaria torrevejense.

Casi cincuenta años después, en 1963, el puerto de Torrevieja fue una realidad. Una construcción que llegó tras mucho esfuerzo y constancia, pero que llegó tarde. Pues para entonces Bigastro ya había encontrado una alternativa para transportar y comercializar sus frutas y verduras en el extranjero: los camiones.

Más de 100 años después del suceso, los bigastrenses siguen cogiendo su bañador, chanclas y toalla para visitar la ciudad salinera. Una ciudad bañada por el mar, cuya brisa murmura antiguos acontecimientos. La historia de un puerto en cuyas aguas los bigastrenses pueden descubrir, la que ha sido y es parte de su historia.

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Crónica de Bigastro y sus cementerios olvidados

Cuando con algún amigo o conocido, comparto opinión sobre los asuntos del pasado, hay una cuestión que siempre despierta recelo, respeto y curiosidad por igual: la eterna memoria, la ruta perpetua, el último cuño de nuestro pasaporte. La muerte.

La muerte, tema tabú de nuestra sociedad que yace soterrado por el ansia de bienestar y la necesidad de obviar el dolor, se vuelve un tema curioso y usual cuando se trata de hablar de aquellos que ya sucumbieron a la misma, y no de los que estamos a la cola.

Y si hablamos de pasado, curiosidad y muerte, es inevitable obviar un asunto que durante siglos provocó grandes quebraderos de cabeza a los vecinos de Bigastro: sus cementerios. Y es que con una historia de más de tres siglos a sus espaldas, los bigastrenses puede presumir de haber tenido no uno ni dos, sino tres cementerios: uno en cada siglo.

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Antigua vista del parque del barrio de la Cruz

El primero de ellos se cavó con la llegada de sus primeros pobladores, en la primera mitad del siglo XVIII. Y efectivamente, no se construyó sino que se cavó en el interior y aledaños de la propia Parroquia de Nuestra Señora de Belén. Allí los primeros bigastrenses cavaron una fosa donde fueron sepultando a las primeras bajas de la reciente fundación.

Y con esa práctica trascurrió el primer siglo de vida de Bigastro, hasta que en 1787 el monarca español Carlos III dictó la Real Cédula con la que prohibió los enterramientos en las iglesias salvo para los prelados, patronos y religiosos, alegando las condiciones antihigiénicas que provocaban el hedor de los sucesivos apilamientos de cadáveres.

Pese a ello, la costumbre de enterrar a los muertos en el interior de la parroquia permaneció durante más de 20 años, hasta que el 18 de mayo de 1809, el párroco local Ignacio Cano inauguró el nuevo, bello y espacioso cementerio de Bigastro, que quedó emplazado estratégicamente en un lugar apartado de las viviendas de los vecinos: el terreno que hoy ocupa el parque del barrio de la Cruz.

Dicho cementerio se construyó con una superficie suficiente como para recibir decenas de futuras generaciones de bigastrenses y jacarillenses, que eran sepultados en torno a una gran columna de piedra sobre la que había una cruz, la cual se encontraba en el centro del cementerio.

Pasó un nuevo siglo, y el cementerio volvió a quedar pequeño y cercano a las viviendas de los vecinos, las cuales aumentaban en número en un barrio que se fue formando en torno al propio cementerio. Las familias residentes en el actual barrio de la Cruz expusieron sus quejas por la falta de higiene existente en el cementerio, pues había quedado tan pequeño que para sepultar a un nuevo vecino era necesario exhumar a otro, en muchos casos no habiendo pasado más de cinco años entre uno y otro, lo que se convirtió en una práctica comparable a la profanación de las tumbas, la cual provocaba un hedor insoportable, sobre todo en los meses de verano.

El 15 de julio de 1924, Estanislao Pomares Lorente, alcalde de la localidad, propuso la construcción de un nuevo cementerio para Bigastro. Una obra de 2600 metros cuadrados que se encargó al constructor Francisco Sánchez y que costó 9801 pesetas, cantidad que sufragó íntegramente la Iglesia. Un cementerio que es el actual y que queda en la historia como el tercer cementerio de Bigastro.

El 17 de marzo de 1941, los restos del antiguo cementerio situado en el barrio de la Cruz mandaron ser destruidos y retirados  por Francisco Javier de Irastorza y Loinaz, obispo de la diócesis de Orihuela-Alicante, mandando instalar en el barrio una cruz que recordara el santo lugar. Una cruz que sería retirada años después, colocándose otra en su lugar y que daría nombre a todo un barrio, pero esa es otra historia, quizás para otra ocasión.

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Bigastro. Fuego, pólvora y mucha historia.

Días atrás, un amigo curtido por la vida y sus sacudidas me contaba escenas de juventud como él solo las cuenta, a corazón y recuerdo abierto. En una de ellas, entre la sonrisa y el lamento, y refiriéndose a los festejos, dijo algo que retuve: “chiguito, Bigastro es muy polvoristero”. Y lo dijo riendo, con la mirada y sonrisa propia de un zagal que disimula la última trastada antes de volver a jugar.

Bigastro suena a trueno y huele a pólvora quemada, prácticamente desde su fundación, hace más de 300 años. Primero de forma esporádica, un festejo por aquí, un disparo por allá… siempre en función de la dirección en que soplaba el viento, o de la imagen que salía a la plaza alzada sobre unas andas. Festejos como los dedicados a los patronos, o guerras como las carlistas.

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Una tradición festera que se fue desarrollando a medida que la joven fundación bigastrense fue adquiriendo vecinos, costumbres y libertad. Y así, entre descarga, morterete y tiro, Bigastro fue cruzando su primer siglo de vida señorial hasta el siglo XIX, cuando ocurrió algo distinto a todo lo demás. Por primera vez un grupo de bigastrenses fueron  contratados como polvoristas para quemar pólvora más allá de Bigastro, exactamente en la vecina Orihuela.

Corría la primavera de 1837 cuando en Orihuela se respiraba aire festivo. Meses atrás había tenido lugar el sitio de Bilbao: un conflicto bélico que enfrentó el ejército carlista (a favor de una alternativa a los borbones) con las tropas isabelinas (partidarios de Isabel II). Vencieron los últimos, y el cabildo eclesiástico oriolano celebró el resultado de la contienda homenajeando a las víctimas con una serie de misas celebradas en la catedral, iluminada y adornada con grandes cirios y trofeos militares. Entonces precisaron de pólvora y manos hábiles que la hicieran detonar.

Y allí, hace casi doscientos años, a las calles y plazas circundantes de la catedral de Orihuela acudieron un grupo de bigastrenses con su carga y destreza a participar en el evento festivo, detonando tres descargas explosivas que resonaron en toda Orihuela, cumpliendo con una tradición de fuego y pólvora que lejos de apagarse, ha resistido el paso de los siglos gracias a la labor de los polvoristas y al entusiasmo y recuerdo de sus vecinos. Y es que Bigastro es muy polvoristero.

 

Fotografía: Fonta Bigastro.

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